
Después de esa llamada se quedó con el teléfono en las manos sin poder soltarlo. Sentía una alegría inexplicable, unas ganas de gritar, de saltar y de llorar. Se suponía que ya había tomado una decisión. Hace algunos días atrás se había prometido a sí misma no verlo, no hablarle, ni mirarlo a los ojos. Él la había herido donde más le dolía, la había dejado a merced de los comentarios y con ganas de no querer nunca más a nadie.
Para bien o para mal ahora no importaba eso. ¿Qué significaba lo que él había hecho? Desde el primer momento en que ella supo todo, creyó que esa era la señal más clara de que él estaba marcando un límite… era como un decir… “estoy bien, mejor que contigo, esto se acaba aquí, soy capaz de pararme antes que tú”. Ella lo conocía tanto que creyó que era momento de retirarse.
Como premio ante tanto dolor, las cosas comenzaron a ser más bellas que antes, todo se fue dando de manera increíble… fue como que ese Dios en el que ella nunca creyó, le mostró cada uno de los motivos por los que debía seguir luchando, le demostró que tanto trabajo no podía irse a la mierda… la tomó de la mano y la guío… con paciencia, con esa paciencia que hasta entonces ella no tenía.
Con el teléfono aún en las manos supo que lo amaba, supo que ahora no se trataba de tenerlo a su lado, ni de saber exactamente que era lo que él hacía. Supo que lo amaba no para tenerlo prisionero a su lado y aún más, supo que lo amaría aunque pasase mucho tiempo. Por algo esta vez las cosas habían sido tan distintas, por algo ella no lo quiso dañar, por algo esta vez se permitió vivir ese dolor sola, sin recurrir a nadie. Al parecer había llegado la persona que la hizo cambiar, aunque lamentablemente ella se dio cuenta tarde… quizás sin tiempo para remediar tanto daño.
Dejó el teléfono como quien deja algo muy querido, lo dejó porque no quería comenzar a pensar de más, prefería quedarse con esa emoción tonta, con esa idea de que la voz de él no le había mentido, con la idea de que sus actos no reflejaban nada… dejó ese teléfono y a los 5 minutos recordó que se había prometido a sí misma no verlo nunca más… para no mirarlo a los ojos y sentir algo más grande que lo que ya sentía.
Para bien o para mal ahora no importaba eso. ¿Qué significaba lo que él había hecho? Desde el primer momento en que ella supo todo, creyó que esa era la señal más clara de que él estaba marcando un límite… era como un decir… “estoy bien, mejor que contigo, esto se acaba aquí, soy capaz de pararme antes que tú”. Ella lo conocía tanto que creyó que era momento de retirarse.
Como premio ante tanto dolor, las cosas comenzaron a ser más bellas que antes, todo se fue dando de manera increíble… fue como que ese Dios en el que ella nunca creyó, le mostró cada uno de los motivos por los que debía seguir luchando, le demostró que tanto trabajo no podía irse a la mierda… la tomó de la mano y la guío… con paciencia, con esa paciencia que hasta entonces ella no tenía.
Con el teléfono aún en las manos supo que lo amaba, supo que ahora no se trataba de tenerlo a su lado, ni de saber exactamente que era lo que él hacía. Supo que lo amaba no para tenerlo prisionero a su lado y aún más, supo que lo amaría aunque pasase mucho tiempo. Por algo esta vez las cosas habían sido tan distintas, por algo ella no lo quiso dañar, por algo esta vez se permitió vivir ese dolor sola, sin recurrir a nadie. Al parecer había llegado la persona que la hizo cambiar, aunque lamentablemente ella se dio cuenta tarde… quizás sin tiempo para remediar tanto daño.
Dejó el teléfono como quien deja algo muy querido, lo dejó porque no quería comenzar a pensar de más, prefería quedarse con esa emoción tonta, con esa idea de que la voz de él no le había mentido, con la idea de que sus actos no reflejaban nada… dejó ese teléfono y a los 5 minutos recordó que se había prometido a sí misma no verlo nunca más… para no mirarlo a los ojos y sentir algo más grande que lo que ya sentía.
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