Ella lo seguía casi corriendo…eran más de las cuatro y media de la mañana y definitivamente debió quedarse durmiendo. Él sin controlar ninguno de sus movimientos la odiaba en lo más profundo de su ser. Ella lo había mantenido en las nubes por unos días y ahora lo abandonaba a la gris realidad.
Esta vez sus ojos no brillaban, no había sonrisas ni complicidad…sólo el ritmo de sus pasos los mantenía unidos. Ella quiso decirle que no se trataba de un juego, que lo quería…que era su hermano de toda la vida. Pero la actitud desesperaba de su acompañante la hizo decidir por el silencio.
Cuando llegaron al destino él la tomó y más serio que nunca le dijo “si te vas, estás muerta para mí”. Ella sin pensarlo dos veces se subió al taxi y sin despedirse se fue. Definitivamente ya no sentía nada. Cuando el auto retrocedía ella miró y lo vio parado, más bajo que otras veces.
“Tan tarde y sola” le dijo el chofer. “Sí, es que a veces me da por irme de los carretes, soy media impulsiva”, contestó. “Y siempre deja a alguien tirado”, agregó el chofer… “no, sólo desde que mis emociones se encerraron en un relojito de arena”… El chofer la miró por el retrovisor y pensó que, además de arriesgada, su pasajera era un poco loca y cambió de tema. Ella miró Santiago de madrugada y se sintió más feliz que nunca…ojala su relojito de arena fuera de verdad...estaba dispuesta a esperar mil años.
Él volvió a su casa derrotado. Tomó su celular y junto con otro cigarro escribió un mensaje. Se demoró tantos años en decir lo que allí escribió, que lamentablemente ahora no cambió la realidad. Ella apenas vio el mensaje decidió borrarlo.
“Y por qué no cambia su relojito de arena por uno digital, ya está pasado de moda todo eso”, volvió a interrumpir el chofer. Ella sólo lo miró y sonrió. “Porque hay cosas que necesitan tiempo y a mí me gustan más las antigüedades”, le respondió y siguió mirando por la ventana. Ella ya había pensado en ese cambio, pero esa misma noche había descubierto que no podía seguir evitando las realidades y que en su interior estaba esa adicción por los relojitos de arena.





