lunes, 21 de julio de 2008

El Relojito de Arena




Ella lo seguía casi corriendo…eran más de las cuatro y media de la mañana y definitivamente debió quedarse durmiendo. Él sin controlar ninguno de sus movimientos la odiaba en lo más profundo de su ser. Ella lo había mantenido en las nubes por unos días y ahora lo abandonaba a la gris realidad.

Esta vez sus ojos no brillaban, no había sonrisas ni complicidad…sólo el ritmo de sus pasos los mantenía unidos. Ella quiso decirle que no se trataba de un juego, que lo quería…que era su hermano de toda la vida. Pero la actitud desesperaba de su acompañante la hizo decidir por el silencio.

Cuando llegaron al destino él la tomó y más serio que nunca le dijo “si te vas, estás muerta para mí”. Ella sin pensarlo dos veces se subió al taxi y sin despedirse se fue. Definitivamente ya no sentía nada. Cuando el auto retrocedía ella miró y lo vio parado, más bajo que otras veces.

“Tan tarde y sola” le dijo el chofer. “Sí, es que a veces me da por irme de los carretes, soy media impulsiva”, contestó. “Y siempre deja a alguien tirado”, agregó el chofer… “no, sólo desde que mis emociones se encerraron en un relojito de arena”… El chofer la miró por el retrovisor y pensó que, además de arriesgada, su pasajera era un poco loca y cambió de tema. Ella miró Santiago de madrugada y se sintió más feliz que nunca…ojala su relojito de arena fuera de verdad...estaba dispuesta a esperar mil años.

Él volvió a su casa derrotado. Tomó su celular y junto con otro cigarro escribió un mensaje. Se demoró tantos años en decir lo que allí escribió, que lamentablemente ahora no cambió la realidad. Ella apenas vio el mensaje decidió borrarlo.

“Y por qué no cambia su relojito de arena por uno digital, ya está pasado de moda todo eso”, volvió a interrumpir el chofer. Ella sólo lo miró y sonrió. “Porque hay cosas que necesitan tiempo y a mí me gustan más las antigüedades”, le respondió y siguió mirando por la ventana. Ella ya había pensado en ese cambio, pero esa misma noche había descubierto que no podía seguir evitando las realidades y que en su interior estaba esa adicción por los relojitos de arena.

Esta vez sí


Le recomendaron que esperara tranquilamente el paso de la tormenta. Le dijeron que cada uno vive solamente lo que su fortaleza es capaz de soportar. Entre sueños su inconsciente le susurró que venían cosas mejores…que siempre es mayor la felicidad que el dolor.

Todo era verdad…en menos de lo pensado sintió que los colores retornaban tranquilamente. Las hipérboles fueron su mejor aliado. Sin darse cuenta encontró los ojos más lindos a su lado y en silencio. ¿Estaba preparado para eso?...cuando todo es tan reciente el miedo opaca las sonrisas, las lagunas invaden los secretos y los te quiero se encierran por miedo al rechazo.

Hoy sabe que lo tiene todo a su lado, siente que son el uno para el otro…pero ¿cuánto durará el cuento de hadas?, ¿Cuándo cometerá su primer error? En su espera olvidó bajar las defensas, olvidó sentir sin miedos, olvidó mirar a través del otro. Tiene a los ojos más lindos que haya visto y no sabe cómo actuar, cómo decirle en silencio que algo raro le pasa cada vez que la ve.

Quizás sea más fácil callar y dejarla pasar, así no arruina las cosas…así se queda eternamente sintiendo mariposas…como niño de quince años, como un simple amante furtivo. Si tan sólo le dijera a ella lo que siente…ella podría darle las fuerzas: “Hombre, entiende, esta vez sí es mutuo”.

Lo que no se menciona...


Se miró en el espejo y vio como su maquillaje arrancaba frente a tan triste panorama. Tenía puesto el vestido soñado, estaba en el lugar soñado, con la persona soñada y sin embargo todo era una pesadilla. ¿Cuándo había dejado de brillar? Se reprochó a los ojos el ser tan crédula, conversó con sus debilidades y negocio con su orgullo…era hora de arrancar.

Tomó su diario y corrió. Podía palpar los primeros sentimientos, respirar el aroma anhelado, repetir de memoria sus primeros encuentros. Su memoria había albergado cada momento como si fuese el único que valiera la pena recordar. Había sido la obra de teatro más importante de su vida…pero sólo eso…una actuación barata y vulgar.

La gente que la veía pasar volteaba a mirarla, en cada paso dejaba una huella de dolor, una marca imborrable de amores no correspondidos. En cada paso deseaba nunca haber notado la verdad. Ser ciega era uno de sus deseos más profundos y perder por completo los sentidos no le parecía del todo una locura.

En su huida sintió como las lagrimas caían sin siquiera poder controlarlo. No era justo, ella había dicho siempre la verdad. Le faltaba el aire, se le achicaba el corazón, le pataleaba el ridículo en su cabeza. Había que borrarlo todo, hacer como que nunca amó de tal manera. Bien había leído en sus noches de insomnio: “lo que no se menciona, es como si no existiera”.

Llegó al límite del parque que siempre frecuentaba y tomó su diario dispuesta a quemarlo. Él no merecía tantas historias soñadas, tantos versos perfectos ni tantas inocencias robadas. Las cosas grandes se sienten de a dos…y evidentemente esto lo sintió sola, por lo tanto, había que darle el carácter de pasajero.

Mientras su diario se quemaba sacó de su cartera un espejo y maquillaje. Para cuando todo fuera sólo cenizas debía estar más linda que nunca. Lentamente recorrió sus ojos, formó sus pestañas y le dio color a sus labios. Borró todo rastro de llanto y se preparó para volver a creer. No era primera vez que quemaba todo y no sería la última que llorara por una decepción.

miércoles, 23 de abril de 2008

Lo que no pensó


Podría haber pensado en los amores de una pareja de niños que la trajo al mundo. En los malabares y torcidas de mano al destino que ambos seres habían procurado para mantenerla a salvo. Quizás llamar a la memoria a alguna canción de cuna o mejor aún al cuento del niñito que perdió todos sus juguetes por ambicioso.

Podría haber pensado en su escenario de madera donde mil veces fue la estrella del espectáculo, con ese público tan especial que se sentaba a mirarla tranquilamente. Cómo no recordar las eternas horas en que se maquillaba para parecerse a la cantante de moda y las aún más interminables horas de ensayo para imitar su movimiento con el pelo.

Podría haber pensado en las veces que se prometió ser grande para poder usar esos zapatos con taco que tanto le gustaban. Desde niña quiso vestir como una elegante señora y verse como en los comerciales…contenta, exitosa y linda. Los closet grandes y los espejos de cuerpo entero eran indispensables para ella.

Podría haber pensado en los años de estudio, en las noches interminables por querer saber más de lo que incluso era posible evaluar. Su vista cansada sabía cuántos libros habían pasado delante de ella y cuántas horas de sueño se le habían escapado por ser más cada día. Los resultados eran un buen punto para detenerse en ese momento.

Podría haber pensado en esa alegría que siempre la había caracterizado. En cuántas sonrisas había provocado con su sonrisa, en sus amigos de años, en esas conversaciones interminables para arreglar el mundo. No era malo llamar a las noches de fiesta y de intrascendencia para simplificar todo.

Podría haber pensado en esos soles que la acompañaban por designio divino. En el mayor que desde niña la había acompañado como su hermana, su amiga y su pilar más importante. Y en el menor, que era un motivo para vivir, una solución secreta a las palabras dañinas de antaño y una crema cicatrizante para los mutuos daños entre seres queridos.

Podría haber pensado en ser otra vez una sola persona. La calma consigo misma podría ser la cura a todos sus males inventados. Debió tomar de la mano a su ego y a esa fuerza interior que se le escondía por miedo a más pruebas.

Podría haber pensado en esos ojos que alguna vez la miraron con ternura, en ese brillo que sólo ella sabía distinguir. Pudo quedarse con lo bueno como un lindo recuerdo y no caer en las ansias de más amor. Debió cancelar sus citas con sus impulsos y darse licencia para contemplarse sin él.

Podría haber pensado en tantas cosas que no pensó y que, sin embargo, hoy parecen tan evidentes. Pudo evitarse la cruda realidad de los abandonos… de los que dejan el barco cada vez que se hunde. Pudo pedir ayuda a quienes la amaban de verdad, pero prefirió callar. Sus inconsecuencias eran algo que tenía que ver consigo misma.

Podría haber escrito el cuento más importante con un final feliz…en cambio en un día como hoy decidió no pensar más, no soñar, no sentir, no reír, no cantar, no abrazar, no querer, no confiar, no llorar, no vivir los dolores del verdadero ser de los otros.

En un día como hoy decidió comenzar a ver la realidad de los frágiles apoyos y de los te amo de la boca hacia fuera. Menos mal que no pensó en nada y se fue con lo bello que había sido todo hasta ese 21 de marzo.

lunes, 14 de abril de 2008

La Cajita Llena de Besos


Se bajó en la estación donde las luces hacen de la noche algo espectacular. Sacó el celular y miró la hora. ¡Perfecto!, era media hora más tarde que lo acordado. Se dio el tiempo de ir a comprar cigarros y recién entonces caminó al estacionamiento. Desde lejos vio que la esperaban y con una sonrisa pareció pedir disculpas por el atraso.

Él sólo le sonrió de vuelta. Había esperado demasiado tiempo ese encuentro y claramente no quería arruinarlo. Se conocían hace algunos años y él nunca se había perdonado la vez en que ella lo quiso y él no la aprovechó. Sin lugar a dudas ahora se veía más grande, quizás más delgada, pero mayor a la última vez que la había visto.

Las circunstancias que los reunían ahí eran quizás lo más extraño. Hace algunos días ella había llegado a su oficina en busca de ayuda para un trabajo y casualmente él era el único que podía ayudarla. “Te ayudo en todo si vamos a comer algo primero”, le dijo él. “Vamos, pero por jote te juro que voy a pedir lo más caro”, respondió ella.

Hace 4 años exactos que no se veían. Ella no lo reconocía debajo de ese traje de hombre grande. Él no se cansaba de repetirle que estaba igual que siempre. Él le contaba mil anécdotas por minuto y ella sólo reía. Él le trataba de conversar del pasado y ella rápidamente le amenazaba con irse si la aburría.

Intercambiaron celulares y cada uno volvió a sus rutinas. Ella en silencio esperó que él llamara, pero en su manía por la costumbre trató de mantener el status quo. Él mil veces la quiso llamar, pero tuvo miedo de ser el prototipo que ella siempre odió. Por fin se decidió a llamarla un mediodía y ella contestó entre sollozos.

Él se bajó del auto cuando ella ya estaba cerca y antes de que ella inventara una excusa por su atraso, él le pasó una cajita de madera. “¿Para esto me llamaste tan urgente?”, le preguntó ella. “Ábrelo y después dices cualquier cosa”, contestó él.

Abrir esa caja fue lo más extraño. Lo que encontró ahí superó incluso a su amplia imaginación. Ella levantó la vista y le preguntó porqué. “Porque todavía me sacas de mis planes”, le contestó él. Ella cerró la caja y se la devolvió. Las palabras baratas nunca la habían impresionado.

Caminaron entre esas luces que hacían de la noche algo espectacular, se rieron y retrocedieron en el tiempo. Al despojarse de los colores fríos ella le tomó su cara y lo miró fijamente. Él sin siquiera disfrutar de ese minuto le prometió que nunca más la dejaría irse. Ella le contestó que eso era imposible, la frivolidad se había apoderado nuevamente de ella. Él le recalcó que aún tenía su cajita. Ella le contó que la persona que le había regalado alguna vez esa cajita llena de besos, no era la misma que ahora tenía en frente.

“Eres la misma que me dejó plantado un día y no apareció más”, le reprochó él. Ella decidió callar, él no entendería los motivos que la alejaron, pero tampoco le preocupó aclarar las cosas y sólo siguió caminando como si ninguno hubiese hablado algo. Él supo que ella no le aclararía nada y decidió convivir con su silencio…más que mal, todo había pasado hace mucho tiempo.

Volvieron al auto entre risas y abrazos. Se quedaron varios minutos ahí sin partir. Ella sólo le contaba tonterías y él sólo respondía riendo, hasta que ella abrió la cajita de madera que estaba aún ahí, sacó las cartas que eran para ella y las guardó.

“Algún día las voy a leer, porque me tinca que son una lata”, le dijo tranquilamente. “Entonces te vas a demorar mil años, porque son bien lateras”, le respondió él. Ella supo que estaban en confianza y sólo se dejo querer. Él supo que tenía mucho trabajo por hacer…definitivamente no era la misma niñita de hace cuatro años y él no había sido más que un ilegal personaje secundario en su pasado.




Sólo lo leí y me atrapó...



Cristián Warnken Jueves 06 de Marzo de 2008





A ti

"A ti que lees estas líneas, que estás bajando por una de las tantas autopistas de la ciudad en esta mañana de marzo o, tal vez, estás en un vagón del Metro -con la mirada extraviada, como todos los que viajan a esta hora-, o paladeas el primer café y recorres distraído las páginas de este diario, buscando algo que no sabes qué es. A ti, que llevas a tus hijos al colegio y que acabas de no escuchar una pregunta que te hizo tu hija más pequeña, porque estabas pensando en otra cosa. A ti, que acabas de salir de la ducha y te ves un instante en el espejo. A ti, que pasas rápido a mi lado y casi me empujas y no me ves. A ti, que -con apenas 18 años- te levantas con el tedio pegado en el alma y te enchufas al computador para no abrir la ventana de tu pieza que da al jardín. A ti, que miras a tu marido todavía dormir a tu lado, y ves su nuca y su piel gastada, y sientes en el centro de tu pecho un hueco, la sensación de un cansancio del que quisieras huir a miles de kilómetros de ahí. A ti, que estás comprando el pan sin emocionarte con su olor y su temperatura. A ti, que entraste al cajero automático y descubriste que el saldo de tu cuenta era negativo, y sientes miedo, rabia, angustia. A ti, que acabas de dejar a tu niño en la sala cuna y te fuiste sin cantarle esa canción "que a él tanto le gusta". A ti, que acabas de entrar en la oficina y te dispones a iniciar un día igual a todos los días, trabajando sin amor por lo que haces, como pieza de un engranaje que te devora.
A ti quiero agarrarte de la solapa, del brazo -con respeto, pero con fuerza-, a ti quiero detenerte en tu carrera loca y decirte lo que tal vez nadie te ha dicho nunca, porque no se enseña en los colegios ni aparece en los diarios. Yo no soy nadie para quitarte cinco minutos de tu atiborrada y desesperada agenda, soy uno más entre los millones que bajan esta mañana a comenzar un día más en la ciudad. Entonces, ¿por qué habrías de desconectarte de tu "iPod" o apagar tu celular para escucharme? Pensarás acaso que soy un predicador más, un vendedor de seguros, o alguien que quiere robarte a plena luz del día. Sé que me mirarás con recelo, con molestia, con desconfianza.
A ti, que me oyes pendiente de tu reloj, quiero decirte, antes de que desaparezcas devorado por la multitud: "El hombre es desgraciado porque no sabe que es feliz. ¡Eso es todo! Si cualquiera llega a descubrirlo, será feliz de inmediato, en ese mismo minuto. Todo es bueno".
¿Y eso era todo? -me dirás-. Sí, y te digo: todo lo demás, fuera de eso, es nada.
Si te he agarrado de la solapa y te he abordado a esta hora de la mañana de este jueves que escribo es para decirte que eres feliz y no lo sabes. Y que eso que te dije lo dijo una vez un hombre como tú, que se llamó Dostoyevski. Y yo, ¿quién soy para hablarte así, para entrar en tu privacidad y leerte la cita de un ruso que no conoces? Yo soy el muerto. Yo estoy muerto, tú estás vivo.
¿Muerto tú? -me dirás-. ¡Pero si puedo tocarte y verte y oírte!
Sí, pero estoy muerto. Yo me levantaba en las mañanas como tú, prendía la radio como tú, paladeaba un café como tú, miraba distraído las primeras nubes en el cielo, y llevaba a mi hijo al jardín, y no sabía que era feliz, que estaba vivo. No lo sabía, como tú no lo sabes, como no lo saben tantos que no pisan con placer las primeras hojas del otoño, que no se detienen a ver los primeros rayos de luz colarse por la ventana para entibiar la piel del o la que duerme todavía a tu lado.
Pero esto, en realidad, no me lo enseñó Dostoyevksi, sino mi pequeño hijo Clemente, un niño como millones de niños que en este momento son llevados al colegio, un niño que me hizo una pregunta que no escuché una mañana de un jueves como hoy. ¡Eres feliz y no lo sabes! Eso es lo que enseñan los niños que mueren, eso lo aprendemos de un golpe los que morimos con ellos, eso es lo que los vivos como tú no pueden escuchar."

martes, 25 de marzo de 2008

Una Despedida



Él la espero tranquilamente sentado en un banco. La compostura era una de sus cualidades más valoradas. Le gustaba ese banco de la plaza porque hace muchos años, en ese mismo lugar, habían conversado durante horas, de la vida, de los amores, de los triunfos y de los fracasos. Allí habían comenzado a mirarse más cuidadosamente cada gesto, cada movimiento y cada sonrisa. Se podría decir que desde que se sentaron ahí y vieron lo interesante que era conversar con el otro, sin más panorama que una plaza desierta, sus corazones en silencio comprendieron que aquella historia valdría la pena contarla alguna vez.

Mientras esperaba que ella llegara comenzó a pensar en las muchas cosas que habían vivido juntos. Esa mujer había sido su mejor amiga y su compañera de vida durante el último tiempo. También recordó lo mucho que le costó conquistarla. Ella no era una persona fácil de tratar; por el contrario, siempre su cabeza lidiaba con los extremos, con las reacciones sin pensar y con una libertad que no quería perder. Con una sonrisa él recordó como habían recorrido las calles de Santiago sin dinero en los bolsillos, o como habían subido un cerro sin siquiera una botella con agua. Se tomó la cabeza y pensó en la vez que lo llevó al museo, o cuando aburrido la seguía por las calles de patronato en su afán de comprar más ropa que la necesaria.

Ella iba atrasada y si bien sabía que él estaba un poco acostumbrado a su tiempo más prolongado y a sus excusas, esta vez su maquillaje la retardó casi media hora. Mientras caminaba apurada recordó todo lo que había vivido con aquel hombre. Pensó en las horas en que pasaron acostados uno al lado del otro viendo alguna película a medias, en los cuantos celulares él había mirado en Internet, en las miles de veces que compraron cosas ficticias al pasear por las tiendas y en lo habitual que era que se quedasen sin dinero por comer comida chatarra.
Caminó más rápido cuando recordó lo mucho que le gustaban sus ojos y en la tranquilidad que sentía cada vez que él la abrazaba. Sin duda ese hombre la había hecho mejor persona, quizás más sensible, pero mejor al fin y al cabo.

Él miró el reloj y supo que algo no andaba bien. Nunca se retrasaba tanto. Sin perder la calma miró el árbol que estaba sobre él…aún no sabía que árbol era. Mientras buscaba alguna especie similar en su cabeza cayó una gota en su cara. Ya no eran días con buen tiempo y se acercaba una lluvia. El cambio en el clima provocó un cambio en él. Esta vez recordó los llantos que ella le había provocado, pensó en los mutuos daños y le desordenaron la cabeza las promesas incumplidas. Si ella no era capaz de cumplir lo simple que era no llegar tarde, ¿cumpliría alguna vez con lo demás?

Por más que ella se apuraba, las cuadras parecían ser más y más largas. Miraba el reloj y el tiempo pasaba demasiado rápido. Definitivamente tenia que comenzar a salir más temprano si quería cumplir. De un momento a otro cayó una gota en su cabeza. Miró al cielo y pensó que si él correría con las mismas ganas por cumplirle a ella, en otras palabras pensó si esto realmente valía la pena.

El día cambió de color. Él supo que los llantos habían erosionado su corazón, ella se sintió corriendo sola. Él creyó que esperar eternamente por algo idóneo no era su destino y se paró de la banca, ella para no pensar corrió más fuerte y se cayó. Él le dio el último minuto para que llegara y se fue, ella se miró las heridas y supo que no valía la pena llegar.

La banca quedó vacía, esperando esa cita que nunca se concretó. Él nunca supo si ella llegó y ella nunca supo si él la esperó. Lo que sí supieron es que en vez de sus risas un silencio inunda aquella banca en la que su historia comenzó.